Hay quienes salieron del cine convencidos de que habían visto una de las mejores películas de todos los tiempos. Y hay quienes lo hicieron fastidiados, aburridos y preguntándose de que se trataban las dos horas y 20 minutos que dura "El árbol de la vida". Con semejantes antecedentes, lo que menos provoca el filme de Terrence Malick es indiferencia.
Y vale la pena detenerse un momento en el realizador. Malick es una rara avis del cine, capaz de rodar las multielogiadas "Malas tierras" y "Días de gloria" y de llamarse a silencio durante dos décadas. Emergió con "La delgada línea roja" y "El nuevo mundo". El hilo conductor en su filmografía es la delicada construcción visual y la preocupación por abordar temas trascendentes. Las dudas existenciales de Malick -que no son otras que las preguntas que nos hacemos todos- son tópicos ineludibles en cada película.
"El árbol de la vida" es un proyecto ambicioso. El sólo hecho de narrar la historia del universo -en paralelo con la intimidad de un drama familiar- lo dice todo. Atención: los efectos especiales corren por cuenta del viejo artesano Douglas Trumbull, quien dejó de lado las facilidades que ofrecen las técnicas digitales y jugó con toda clase de recursos ópticos.
Malick nos cuenta la historia de Jack (en la niñez interpretado por Hunter McCracken y de adulto por Sean Penn). La difícil relación de Jack con su padre (Brad Pitt, totalmente alejado de los roles en los que solemos verlo), en la Texas de los años 50 moldea su personalidad. Años más tarde, y a partir de esas experiencias, Jack mira la vida con una particular perspectiva. Y surgen las preguntas.